La guerra contra el cuerpo: hasta dónde llega la obsesión por la belleza

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RUSIA.- La imposibilidad de encajar en ese grupo de personas ricas y atractivas que copan las redes genera una insatisfacción que se convierte gradualmente en odio hacia uno mismo, opina la escritora y publicista Anastasia Mironova.

La escritora y publicista Anastasia Mironova analizó en un artículo para Gazeta.ru cómo la industria de la belleza monetiza la insatisfacción de las personas con su cuerpo y promueve procedimientos cada vez más radicales.

Mironova señala que recientemente conoció una nueva tendencia: hombres que se inyectan rellenos en el escroto para resultar más atractivos. Algunos recurren a especialistas sin licencia para ahorrar dinero, mientras que otros se administran ácido hialurónico en casa y, como consecuencia, llegan a perder aquello que pretendían mejorar. Aunque esta práctica sigue siendo más habitual en Estados Unidos, la autora asegura que en Rusia también hay bailarines y artistas que se inyectan distintas sustancias en esa zona, aparentemente con la esperanza de impresionar a las mujeres. La publicista cuestiona quién debería considerar atractivo un escroto agrandado.

A su juicio, el deseo de aumentar el tamaño del pene puede resultar al menos comprensible, pese a los riesgos del procedimiento, pero es difícil imaginar que una mujer elija a un hombre por el tamaño de su escroto. Lo máximo que probablemente conseguirá es sorprenderla.

Hace apenas 30 años, las personas descontentas con su cuerpo disponían de muy pocas herramientas para "mejorarse". En la Unión Soviética, la opción más accesible era la ropa llamativa, que solo comenzó a estar realmente disponible durante la 'perestroika'. Los hombres prácticamente no contaban con medios para modificar su apariencia, ya que un aspecto demasiado extravagante podía atraer la atención de las autoridades. Las mujeres, por su parte, cosían o tejían prendas inusuales. Incluso teñirse el cabello de un color intenso resultaba difícil y podía provocar atención indeseada.

Hallan sustancias tóxicas en más de 20 populares tintes de cabello domésticos. "Los productos no están siendo sometidos a un estándar básico de seguridad", advirtió la organización estadounidense Consumer Reports al presentar su análisis.

En la década de 1990 aparecieron más opciones, como los tatuajes, los salones de bronceado y los 'piercings'. Sin embargo, pocas personas llevaban estas modificaciones demasiado lejos y, desde el punto de vista médico, los daños solían ser limitados. La cosmetología tampoco ofrecía demasiados procedimientos radicales. Entre los tratamientos más agresivos de generaciones anteriores estaban los 'peelings' que prácticamente quemaban la piel. Después llegaron los 'peelings' químicos, el maquillaje permanente, los implantes mamarios de silicona, los rellenos labiales y el ácido hialurónico. Con el desarrollo de nuevas técnicas, los rellenos comenzaron a inyectarse en los pómulos y la frente. Más tarde aparecieron los 'liftings' con hilos y muchos otros procedimientos capaces de provocar consecuencias irreversibles, sin contar la cirugía plástica.

Según Mironova, la vida se ha vuelto especialmente difícil para las personas vulnerables, insatisfechas consigo mismas, con su trayectoria profesional o con su vida.

La sociedad les exige demostrar éxito, mantenerse siempre deseables y proyectar energía sexual las 24 horas. La enorme industria de la 'pseudobelleza' se aprovecha de ellas al venderles la idea de una mejora personal interminable.

Debido a la intensa competencia del sector, los procedimientos son cada vez más radicales y la "superación personal" se transforma gradualmente en una deformación. Los labios aumentan de tamaño, los pómulos se vuelven más anchos y afilados, mientras que la eliminación de las bolsas de Bichat deja el rostro con un contorno parecido al de un cráneo.

Fármacos para perder peso alteran una parte del cuerpo que nadie esperaba. Los casos más graves de este fenómeno pueden requerir intervención quirúrgica.

Muchas de estas intervenciones son difíciles o imposibles de revertir y algunas causan graves problemas de salud. Un escroto gangrenado o una fibrosis facial provocada por un 'lifting' con hilos ni siquiera representan los peores resultados posibles. Los rellenos pueden desplazarse y bloquear vasos sanguíneos, los tejidos pueden quedar estirados permanentemente y los nervios pueden sufrir daños.

Las personas corren el riesgo de perder tanto su apariencia como su salud en busca de un ideal inventado.

Al mismo tiempo, aumenta la presión sobre quienes se sienten inseguros o insatisfechos. Antes, los modelos de belleza aparecían principalmente en televisión o revistas de moda. Ahora, las personas se comparan constantemente con rostros y cuerpos perfectos en anuncios, redes sociales y cuentas de blogueros que exhiben una vida editada y poco sincera. Ven a personas hermosas y exitosas viviendo en apartamentos grandes y lujosamente decorados, con casas de campo, céspedes perfectos y automóviles caros. A esta presión se suma la inteligencia artificial. Las redes neuronales generan imágenes de mujeres y hombres perfectos que, en ocasiones, resultan casi imposibles de distinguir de personas reales.

Así, una mujer común ya no compite únicamente con las estrellas de Hollywood, sino también con ideales artificiales. El mundo real está lleno de personas normales: con sobrepeso, cansadas, con piel apagada, labios finos, piernas imperfectas o zapatos baratos. Sin embargo, la presión mediática es tan intensa que una persona promedio deja de compararse con quienes encuentra en la calle y comienza a medirse frente a los rostros de los anuncios y las imágenes de Internet.

"No", se dice una mujer después de ver cientos de videos protagonizados por personas atractivas y adineradas. "Quiero estar allí, dentro de esa imagen hermosa. No soy una de esas perdedoras descuidadas que caminan con sandalias de cuero sintético".

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Imposibilidad de encajar en ese grupo de personas ricas y atractivas genera una insatisfacción que se convierte gradualmente en odio hacia uno mismo.

Entonces se utilizan todos los medios disponibles para ajustarse al ideal, y cuanto más dinero tiene una persona, mayor es la variedad de modificaciones corporales a su alcance. Mironova sostiene que los rostros estandarizados por los rellenos y la cirugía plástica, desgastados por la fibrosis y el estiramiento de los tejidos, pertenecen a víctimas de la insatisfacción con su apariencia y su vida. Son personas que han decidido que el problema no está en sus capacidades, educación, personalidad o falta de encanto natural, sino en la forma de su nariz o el volumen de sus labios.

La autora subraya que esta presión ya afecta a ambos sexos. Hasta hace poco, eran principalmente las mujeres quienes buscaban modificar su apariencia. Sin embargo, como observó el filósofo Jean Baudrillard, para vender productos de belleza a los hombres primero había que enseñarles a pensar sobre su cuerpo como lo hacen las mujeres. Los hombres también consumen pornografía, un ámbito al que ya ha llegado la inteligencia artificial.

Como resultado, lo que ven en la pantalla puede guardar poca relación con su propio cuerpo, lo que genera frustración. Un hombre puede no tener pareja porque resulta aburrido o simplemente poco atractivo, pero decide que el verdadero problema es el tamaño de su escroto. Del mismo modo, algunas mujeres atribuyen su falta de éxito a unos senos poco atractivos o a una vagina "incorrecta". Así, el hombre aumenta el tamaño de su escroto sin saber que, en otro lugar, su posible pareja se está inyectando ácido hialurónico en los labios vaginales. Ambos creen que de esa manera alcanzarán la felicidad y el reconocimiento.

Mironova considera que las personas necesitan protección frente a la enorme presión del 'marketing' y el consumo impuesto, especialmente cuando amenaza su salud. Sin embargo, la industria de la belleza ha aprendido a monetizar la insatisfacción con una eficacia extraordinaria.

Primero inventa nuevos defectos y después vende el remedio. Cuando los hombres han comenzado a inyectarse rellenos en el escroto en busca de la perfección, concluye la autora, resulta evidente que el proceso ha ido demasiado lejos.

 

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