Justicia débil, impunidad fuerte

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Justicia débil, impunidad fuerte

Editorial

Listín Diario

Una de las más graves señales de debilidad institucional que tenemos es la incapacidad de nuestro sistema judicial para sancionar a los culpables de toda gama de delitos.

Especialmente cuando se trata de actos de corrupción y crímenes cometidos desde posiciones de poder.

Esta fragilidad se expresa con crudeza en la alarmante cifra de 7,825 expedientes judiciales que han quedado extinguidos en los últimos cinco años, sin llegar a sentencias condenatorias.

Este dato, revelado por la Suprema Corte de Justicia, es un golpe demoledor a la credibilidad del sistema de justicia.

Porque entre esos miles de expedientes hay casos de alto perfil, involucrando a funcionarios y exfuncionarios, así como a personas de gran peso político, económico y mediático, acusados de corrupción o de crímenes graves.

En muchos de esos procesos, los imputados se han valido de su poder para contratar abogados especializados en tácticas dilatorias, las conocidas chicanas.

Con ellas logran prolongar artificialmente los juicios hasta que se venza el plazo legal de cuatro años para juzgarlo.

Ese vacío legal ha sido aprovechado por muchos delincuentes de cuello blanco para escapar de la justicia, amparados en esta ineficiencia institucional, en las debilidades de los fiscales y en la lentitud de los jueces.

Por culpa de estos, la lucha contra la corrupción ha perdido fuerza, credibilidad y respaldo social.

La ciudadanía percibe que el sistema está diseñado para castigar únicamente a los pobres y marginados, mientras otorga impunidad a los poderosos.

Si realmente existe voluntad política en el gobierno para enfrentar este cáncer, este es el momento de demostrarlo.

Una reforma al Código Procesal Penal es impostergable.

Si de verdad queremos construir una sociedad equitativa, los jueces deben condenar sin mirar la cuenta bancaria, el apellido o la influencia mediática del acusado.

Mientras la justicia no alcance a todos por igual, la democracia dominicana seguirá cojeando, y la esperanza ciudadana continuará debilitándose.

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