“Todos lo quieren saber”, teatro casi clásico, casi contemporáneo

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FRANCIS MESA
Santo Domingo

La obra sigue en cartelera durante todo este mes de febrero, viernes y sábado a las 8:30 de la noche y domingos a las 6:30 de la tarde en el Teatro Las Máscaras, en la Zona Colonial.

Situarse en los lugares comunes tiene dos caras: la buena y la mala. La que permite transitar por caminos seguros, sin asumir riesgos y la otra, la que denota poco esfuerzo por la creatividad y la autenticidad.

En el caso del montaje “Todos quieren saber”, del teatro Las Máscaras, en la Zona Colonial, eligieron la segunda opción.

Esta obra, que es una adaptación de “Chúo Gil y las tejedoras”, del intelectual y político venezolano, Arturo Uslar Pietri, sigue el drama romántico de un entorno matriarcal (casi al estilo La casa de Bernarda Alba) en el que se mezclan conflictos de clases sociales, prejuicios, interés, soberbia y esa estampa cultural y campesina que nos define como latinoamericanos.

Misia Lalla, interpretada por Dolly Martínez, quien ejerce poder sobre cada uno de los integrantes de esa casa de clase media alta, es déspota, fría, amargada y portadora de un secreto que define la vida de su único hijo.

Mocha, a cargo de la primera actriz Lidia Ariza, es la criada que conoce todos los secretos de la casa, la que posee una incontinencia verbal que raya en la imprudencia, es, de alguna manera, un hilo conductor en esta historia de drama cotidiano. (¿Recuerdan a La Poncia de La casa de Bernarda Alba?) Juancho (Braian D’Elena) es el único hijo de Misia Lalla. Un tipo que va por la libre, un pendenciero de la vida.

A pesar de que su madre lo está preparando para que logre un matrimonio de conveniencia, él malgasta su tiempo en conquistas casuales y amores furtivos.

Livia, interpretada por Kirsys Núñez, es ingenua, apasionada, enamorada, soñadora. Desgraciada. Le ha tocado una suerte adversa, al arrimarse junto a su madre en casa de sus familiares pudientes, creyendo en la labia del joven seductor y, con ello, arruinando su vida.

Misia Bega es Montessory Ventura, la madre de Livia, quien a falta de recursos va con su hija a casa de su familiar buscando refugio y comprensión, pero, a cambio, consigue humillación y desprecio.

Anito El Pavoso, Junior Jiménez, es una especie de ave de mal agüero, cuya sola presencia es sinónimo de malas noticias, se encarga de poner al tanto los habitantes de la casa, de lo que pasa en el pueblo. De quién llega, quién se va; quién nace, quien muere.

En fin, que sus “malas nuevas” serán las causantes de destapar la caja de Pandora que guardaban por más de 20 años.

En fin, que “Todos lo quieren saber” es un tipo de teatro que fluctúa entre lo clásico y lo contemporáneo. Que se asienta cómodamente en el romanticismo.

Evoca, sin tapujos, tragedias como las contadas por Shakespeare, Lorca y otros.

Las actuaciones responden con marcada rigurosidad al tipo de teatro que representa la pieza y su texto, en el que las afectaciones de voces y rostros al recitar cada diálogo, deben expresar dramatismo en grado superlativo. Y ahí entra la mano, la visión y la estética de su directora.

Germana Quintana ha logrado una marca particular con sus trabajos. Ha impuesto, por decirlo de alguna manera, un sello, con el que los más vanguardistas en ocasiones no comulgan y, sin embargo, conserva y suma una legión de adeptos que respaldan sus obras con ferviente fidelidad.

“Todos lo quieren saber” sigue en cartelera durante todo este mes de febrero, viernes y sábado a las 8:30 de la noche y domingos a las 6:30 de la tarde.

Es normal escuchar a Lidia Ariza repetir que Teatro Las Máscaras “es el mejor teatro de la bolita del mundo” y, lo más importante, es un nicho cultural con 25 años de lucha y resistencia que es digno respaldar.

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