Haití: una crisis fuera del radar de las grandes potencias

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Estado Haitiano

Ramón Núñez Ramírez

Haití: una crisis fuera del radar de las grandes potencias

Haití no tiene petróleo ni tierras raras. Es un territorio severamente deforestado, habitado mayoritariamente por una población sumida en la pobreza extrema.

Haití no tiene petróleo ni tierras raras. Es un territorio severamente deforestado, habitado mayoritariamente por una población sumida en la pobreza extrema y dominado en amplias zonas por bandas armadas que han sustituido al Estado. Por esas razones, Haití no forma parte del tablero geopolítico de las grandes potencias. Incluso siendo parte del llamado “patio trasero” de Estados Unidos, Washington no está dispuesto a invertir los recursos militares y financieros para pacificarlo e iniciar un proceso de reconstrucción institucional. Al final, la tragedia haitiana afecta principalmente a la República Dominicana.

Cuando comenzaron a surgir movilizaciones patrióticas, en especial las encabezadas por la organización Antigua Orden Dominicana, dirigida por Ángelo Vásquez Hernández, el presidente Luis Abinader actuó con habilidad política al contener ese movimiento mediante la convocatoria, el 14 de mayo de 2025, de los expresidentes Leonel Fernández, Danilo Medina e Hipólito Mejía, con el objetivo de consensuar una política de Estado frente a la crisis haitiana.

Ese esfuerzo continuó el 5 de junio, cuando el presidente y los exmandatarios se reunieron con el Consejo Económico y Social (CES). Allí se acordó la creación de mesas de trabajo integradas por los principales partidos políticos y representantes de los distintos sectores nacionales. El 9 de septiembre, el CES entregó al presidente el “Informe Final Consolidado del Diálogo sobre la Crisis de Haití y sus Implicaciones para la República Dominicana”.

El 30 de septiembre el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la ampliación y transformación de la misión de seguridad en Haití. Más tarde, el 4 de diciembre, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en una reunión con el presidente de Kenia, William Ruto, cuyo país ha sido el único en aportar un contingente significativo para esa misión, exhortó a las naciones de la región y de otras latitudes a contribuir con recursos y tropas para enfrentar la tragedia haitiana.

Sin embargo, bajo el cielo de Haití nada ha cambiado. En la República Dominicana se pasó rápidamente la página de las reuniones presidenciales y de las conclusiones del CES. Estados Unidos, por su parte, está concentrado en otros frentes de su agenda internacional: Venezuela, Irán, Groenlandia y otros asuntos prioritarios para la administración Trump.

Haití constituye hoy el desafío externo más serio para la República Dominicana. Ningún país puede asimilar indefinidamente una inmigración masiva, desordenada y permanente sin consecuencias profundas en su estructura demográfica, económica e institucional. Se estima que entre dos y tres millones de ciudadanos haitianos residen en territorio dominicano, una cifra capaz de alterar de manera significativa el equilibrio poblacional y social del país.

Esa presión migratoria compromete la sostenibilidad de los sistemas de salud, educación y medio ambiente, y plantea desafíos reales a la cohesión social, a las costumbres y a la capacidad del Estado para sostener una estrategia de crecimiento. No existe un camino viable hacia el desarrollo cuando se importa masivamente pobreza, informalidad y exclusión social.

El país está, en gran medida, solo, frente a una crisis haitiana que amenaza los cimientos de su estabilidad. Si no se genera una conciencia nacional y no se obliga a los gobiernos presentes y futuros a aplicar una política migratoria responsable, en una década el país podría poner en riesgo los logros acumulados durante más de cincuenta años de estabilidad política, económica y social.

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